Carlos Oquendo de Amat. in: Malvario N°1, Revista de literatura y arte, Buenos Aires, 2003

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MALVARIO. En el número uno se intercalan los artículos de Carlos Germán Belli, Jorge Cornejo Polar, de José Luis Ayala y de Carlos Meneses; una anécdota de Arturo Corcuera; y “Se prohibe estar triste” de André Coyné. Entre las “Anécdotas y Testimonios” se dan cita poetas,amigos y familiares; también se reproduce, gracias a la memoria de Rafael Ménez Dorich, el bono literario que podía ser canjeado por los 5 metros de poemas.

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Malvario. Revista monográfica de literatura y arte.

Número I. Buenos Aires - Córdoba: ed. Malvario, 2003, 112 p.

Número II. Buenos Aires - Córdoba: ed. Malvario, 2004, 138 p.

Directores: Clarisa Pérez Villalobo, Pablo Narral y Samuel Bossini.

Malvario es una revista que, como reza su presentación, se propone en cada número tomar a un autor o un tema y realizar su abordaje desde estudios, cartas, manuscritos, iconografía, datos y testimonios. Cuenta con otra sección llamada “Manifiestos” donde diferentes artistas develan sus poéticas. Los creadores de este primer ejemplar son Florencia Ferré, Rodolfo Häsler y Pedro Lastra. Bajo el sugerente epígrafe de Juan Eduardo Cirlot “La poesía es lo que el mundo no es y no me da” podemos descubrir una sutil correspondencia con las obras que se presentan en estas dos iniciales publicaciones.

En el número uno se intercalan los artículos de Carlos Germán Belli, Jorge Cornejo Polar, de José Luis Ayala y de Carlos Meneses; una anécdota de Arturo Corcuera; y “Se prohibe estar triste” de André Coyné. Entre las “Anécdotas y Testimonios” se dan cita poetas, amigos y familiares; también se reproduce, gracias a la memoria de Rafael Ménez Dorich, el bono literario que podía ser canjeado por los 5 metros de poemas. Más adelante se encuentra la sección “Diálogos” donde leemos opiniones de Oquendo de Amat sobre algunos escritores como Vallejo, Santos Chocano y José Carlos Mariátegui; descubrimos en él no únicamente al poeta hábil y gracioso sino a un mordaz e implacable crítico que no pierde su humor característico ni cuando de política se trata. Sin embargo estos diálogos extraídos de Carlos Oquendo de Amat de José Luis Ayala son espontáneos comentarios sobre poesía y revolución, sobre el destino, la filosofía, la vida y su enfermedad. Anteceden la reproducción de la obra “poemas sueltos” y unas páginas informativas sobre la bibliografía de y sobre el autor. Finalmente: 5 metros de poemas.

Los artículos de Belli, Cornejo Polar y Meneses se centran en algunas composiciones, exploran “el libro-acordeón desplegado como una película”, una cinta cinematográfica cuyas páginas pueden ser leídas como también contempladas (Belli). Por otra parte, insisten en la gran novedad que significó esta obra en la escena vanguardista –sin negar la influencia del ultraísmo y del creacionismo– desde la originalidad de su título hasta los libérrimos procedimientos que despliega. Meneses hace mención al proyecto de Oquendo junto con Adalberto Varallanos de publicar Celuloide, revista sobre cine que no hace más que confirmar la admiración que el peruano sentía por este arte. Cruce de estéticas que vemos escenificado en los poemas por medio de referencias a estrellas de la época (Rodolfo Valentino), o a procedimientos lingüísticos típicamente cinematográficos (“Intermedio-10 minutos”, “véase el próximo episodio”); también Meneses destaca el ‘buen humor’ y podríamos pensar, correlativamente, en el ingrediente fundamental del cine: el entretenimiento, presente en “New York” y analiza otras composiciones como “Film de los paisajes”, “Réclam” en las que el cine hace de decorado o marca el tempo acelerado (“Time is money”) o la disparatada secuencia donde estallan parlamentos absurdos “Las nubes/ son el escape de gas de automóviles invisibles” que buscan explicar el alucinante mundo de Oquendo y del cine.

El sabroso y breve comentario de Arturo Corcuera sobre las desventuras del sepulcro de Carlos Oquendo de Amat nos conduce otra vez al mito, a lo que el mundo no fue y no le dio al desdichado poeta. Corcuera narra cómo debieron procurarse de la lápida, el tallador e incluso de las facturas de lo pagado para que en Instituto Nacional de Cultura restituyera el monto a Antonio Cillóniz, cosa que sucedió varios años después. Dos datos resultan significativos de esta anécdota: el voluntario esfuerzo para que Oquendo no fuese olvidado y la desafortunada suerte de sus últimos escritos; de boca del sepulturero se enteran de que “sus cuadernos, con muchas páginas escritas, y su escasa ropa fueron incinerados porque el joven había muerto de una enfermedad muy contagiosa”.

El artículo de André Coyné da cuenta de los procesos en los que se inscribió la obra de Oquendo de Amat, la importancia de la figura de Vicente Huidobro para la vanguardia latinoamericana y también la de los hermanos Mariátegui en el escenario peruano. Con respecto a estos procesos, Coyné señala que “Seguramente Oquendo nunca tuvo a la  Asteriscos vista, ni menos en la mano, alguno de los ejemplares, todos numerados y reservados a los suscriptores, de La prosa del Transiberiano de la pequeña Juana de Francia, el larguísimo poema de Blaise Cendrars, ‘desplegable como un acordeón’, impreso sobre pergamino, Japón imperial, simil-japón, con tapas de cabritilla o pergamino, pintados a mano, por Sophie Delaunay...” A diferencia del exquisito libro de Cendrars, los 5 metros de poemas serán publicados por la editorial Minerva con tres años de demora, algunos ejemplares serán canjeados por bonos que Amat vende para poder financiar el libro. En este humilde ejemplo parecen enfrentarse materialmente la vanguardia europea con la latinoamericana, quedando Huidobro, entre otros, excluido de este enfrentamiento.

Oquendo de Amat invita al lector a abrir “Estos primeros poemas inseguros como mi primer hablar”. Lamentablemente sólo nos quedaron estos únicos diecinueve poemas escritos a los diecinueve años por un extraordinario poeta obsesionado con las correcciones (“Ah!, si Huidobro hubiera corregido sus poemas antes de publicarlos!”) y de gestos rebeldes que mucho recuerdan a las irreverencias de Girondo y de Norah Lange como su tarjeta de visita “Carlos Oquendo de Amat no es doctor”.

El número dos de Malvario está dedicado a Luis Omar Cáceres (Cauquenes 1904-Santiago 1943). En este volumen escriben Pedro Lastra, Miguel Gomes, Volodia Teitelboim y Eduardo Anguita. Además se recrea mediante las cartas que hizo públicas el diario La Opinión, la polémica entre Vicente Huidobro y Pablo de Rokha en torno a la publicación de la Antología de poesía chilena nueva, también en estas líneas se filtra otra discusión no menos agónica: la de los supuestos prólogos dobles a Defensa del ídolo (1934) a los que se refiere Hernán Ortega cuando señala “Los prólogos misteriosos” (teóricamente, además de los dos de Huidobro, habrían existido dos más, uno de Rokha y otro de Ángel Cruchaga, estos últimos no agradaron a Cáceres). Sin embargo, el aspecto sobresaliente es que Malvario edita completo por primera vez en la Argentina Defensa del ídolo. El segundo número también cuenta con la sección “Manifiestos”, en este caso son: José Tono Martínez (España); José Vicente Muscará (Argentina) y José Antonio García Simón (Cuba).

Los dos primeros artículos ahondan en la poética de Cáceres. En “Sobre poetas marginales”, Lastra (responsable de la recuperación editorial de la obra del poeta chileno) rescata la lucidez intelectual y visionaria de E. Anguita y V. Teitelboim quienes publicaron en 1935 la Antología ya citada e incluyeron entre los diez poetas chilenos de la nueva generación a Cáceres. Lastra dedica parte de su artículo a tres poetas para él marginales Cáceres, Anguita y Juan Luis Martínez.

Miguel Gomes señala el problema que se le plantea a la crítica la figura de Cáceres, “¿Cómo abordar con cierta objetividad analítica un poemario cuyo rastro, desde hace decenios, viene imbuido en la imagen de un Cáceres kafkianamente autodestructivo, excéntrico, ‘impenetrable’, ‘fantasmal’, ‘leyenda para minorías’”, Gomes advierte en Cáceres “una enunciación empeñada en borrar las apariencias, la concreción exteriorista o perceptible de la subjetividad protagónica del libro”. Hace un recorrido de los quince poemas de Defensa del ídolo que poseen una continuidad seminarrativa, itinerario –mito del descenso– en el que comprueba una desmaterialización, un desmoronamiento y cita a Cáceres: “Dejé de existir, caí de pronto en el desamparo de mí mismo”. Este hermetismo en la significación daría a la poesía del chileno un signo particular que halla su justificación en la búsqueda de lo sagrado o del encuentro con la auténtica identidad.

El tercer artículo pertenece a Volodia Teitelboim y sus comentarios encierran el atractivo de haber conocido al mito, él habla de poeta de signo enlutado y las sectarias palabras de Anguita “es de los nuestros”. Las características de la personalidad del poeta en las voces que dan testimonio son recurrentes y ellas no hacen sino engrandecer el mito que creó su figura y sus extravagancias. Personaje enigmático y solitario de una elegancia espectral, a quien el semidiós creacionista llamó verdadero poeta, “cantor para los oídos del espíritu”, autor de un libro inhallable ya que él mismo contribuyó a que así fuera, violinista de una orquesta de ciegos, de quien no se sabe con certeza el día y la causa de su muerte. En un gesto sin duda revolucionario hizo una fogata con su primer libro: ¿suicidio poético o iniciático ritual vanguardista?

Entre los muchos méritos de Malvario se encuentra el redescubrimiento y el hallazgo no sólo de estos dos renovadores poetas sino toda la larga lista de comentarios, de experiencias que enriquecen la literatura latinoamericana.

Muchas coincidencias unen ambas obras, las dos fueron las únicas que escribieron sus autores, en ambas el fuego tuvo un desafortunado rol: a Oquendo le incineraron sus últimos escritos y Cáceres quemó la modesta publicación que su hermano había podido afrontar, al parecer por las excesivas erratas. Ambos poetas corrieron parecida suerte una vez muertos, Oquendo casi anónimo en un lejano cementerio de Navacerrada y Cáceres envuelto en el misterio de un suicidio u homicidio. Sus poéticas suscitan imágenes nuevas y potentes; la poesía se vuelve un lugar sagrado, quizás la no vida a la manera de Blanchot, pero deviene utopía ya que la poesía fue para ellos lo que el mundo no fue ni les dio. 

Melina Eva Gardella

 

FUENTE: https://edicioneskatatay.com.ar/system/items/fulltexts/000/000/007/original/Katatay_N_1-2_2005.pdf?1462238329  11/01/19

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