Carlos Oquendo de Amat: un poeta oculto

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Con Oquendo podemos hacer una distinción entre el poeta y revolucionario y el poeta revolucionario, pues Oquendo fue ambas cosas. El primero puede ser un militante político honesto y luchador, pero un poeta sin talento renovador, o simplemente un conservador desde el punto de vista literario, aunque abrace las causas sociales más justas. El segundo puede ser un gran renovador de las letras, sin que le interese inmiscuirse él mismo en las luchas políticas de su tiempo, como Borges o Eguren. Sin que ello signifique desinterés o indiferencia por los problemas extra literarios de su tiempo.

Carlos Oquendo de Amat: un poeta oculto

Por: Juan C Valdivia Cano || El Montonero || Lima, 16 de mayo de 2023

 

El más importante poeta vanguardista peruano

CODA Poeta oculto

 

No es un azar que haya sido Mario Vargas Llosa, personaje autorizado como pocos para opinar sobre otro escritor, sobre todo si es peruano, quien reivindicó por primera vez internacionalmente al enorme poeta Carlos Oquendo de Amat, con motivo de la ceremonia de entrega del Premio Rómulo Gallegos en 1967. Aunque el poeta ya había muerto en marzo de 1936, su fecha de nacimiento data el 17 de abril de 1905; lo cual significa que el año pasado se cumplió el primer centenario de su natalicio. Para Vargas Llosa, Oquendo es un «paradigma de escritor y militante político». Y hoy lo es más que nunca.

Pero Oquendo sí era profeta en su Puno natal. Por lo menos para el grupo de intelectuales y artistas de la «Promoción Oquendo» que le tenían gran fervor desde antes del Premio Rómulo Gallegos, según lo averiguamos en el prolijo y abarcador libro de José Luis Ayala (Carlos Oquendo de Amat. Cien metros de biografía crítica y poesía de un poeta vanguardista itinerante. De la subversión semántica a la utopía social. Edit. Horizonte, 1998); aunque fue el poeta Omar Aramayo quien hizo la primera investigación sobre Oquendo en 1977, con su tesis de Bachiller en Literatura en la Universidad de San Agustín, cuya publicación –dicho sea de paso– se hace urgentísima (Indagando el fetiche. Vida y obra de Carlos Oquendo de Amat). Nadie como Oquendo fue y sigue siendo ignorado, nadie más incomprendido, nadie más ninguneado. Y nadie lo merece menos.

Con Oquendo podemos hacer una distinción entre el poeta y revolucionario y el poeta revolucionario, pues Oquendo fue ambas cosas. El primero puede ser un militante político honesto y luchador, pero un poeta sin talento renovador, o simplemente un conservador desde el punto de vista literario, aunque abrace las causas sociales más justas. El segundo puede ser un gran renovador de las letras, sin que le interese inmiscuirse él mismo en las luchas políticas de su tiempo, como Borges o Eguren. Sin que ello signifique desinterés o indiferencia por los problemas extra literarios de su tiempo.

Oquendo era revolucionario como político y un vanguardista de primera como poeta, cuando la vanguardia europea estaba en su gran momento, especialmente en relación con la literatura francesa moderna derivada de Mallarmé, Apollinaire, Baudelaire, Rimbaud, etc. Y si se habla a su propósito de «político revolucionario», es también en un sentido preciso: no el que se matricula en el partido para adquirir poder, indiferente a sus principios y generando un abismo entre las declaraciones verbales y las actividades prácticas, sin ningún afán de consecuencia. El carácter extremado y la coherencia intelectual de Oquendo no le permitían la mediocridad, la burocratización, la mezquindad, etc. Oquendo era generoso, tranquilo y de una gran potencia espiritual. Oquendo tenía una fe, un sentimiento que no le dejaba más alternativa que la entrega total y absoluta a las cosas que amaba. 

A esa entrega, a su coherencia, a su honestidad y pulcritud extremas me refiero cuando utilizo el adjetivo «revolucionario», cuando aludo a la actividad política de Oquendo, tan rara en el siglo; después de dejar para siempre la poesía a los diecinueve años, (como Arthur Rimbaud). Aunque hay que aclarar bien esa palabra que ahora ha caído en desuso: «revolucionario». No hay otro término más adecuado para hablar de Oquendo, si entendernos la palabra revolución como vuelta completa, como cambio integral y también en el sentido de éticamente íntegro: como poeta, como hombre y como militante. Creo que en esto coincide con el romanticismo de Melgar, el poeta, el patriota, el ser humano. Uno por la revolución independentista; el otro por la revolución social. Pero la actitud y el espíritu son equivalentes con la diferencia del siglo en que a cada uno le tocó vivir.

Romántico no es, en su origen europeo alemán, el que gusta de los boleros de Los Panchos o los más recientes de Iván Cruz, sino el que no acepta la realidad sino de manera totalizante: la razón sí, pero también la pasión, la intuición, la imaginación; la conciencia sí, pero también el inconsciente, los sueños más profundos y los ideales más altos; el conocimiento sí, pero también la voluntad y el amor. Razón y pasión son factores que en el espíritu de Oquendo se potencian recíprocamente: la pasión renovadora aliada a una disciplina y rigor encomiables, a pesar de la enfermedad terminal que sólo le permitió vivir hasta los 31 años. O tal vez por esta misma razón.

La tuberculosis fue una de sus adversidades fuertes, que se desató probablemente en El Frontón o la isla de San Lorenzo. No fue la única vez que lo encarcelaron por sus ideas marxistas y su febril activismo político. Esa enfermedad le significó duras humillaciones y maltratos, inevitables en razón del miedo social que provocaba, sin duda justificado en ese tiempo; también había matado a su padre, el médico Carlos Oquendo Álvarez.

Por sus actividades políticas, Oquendo fue deportado a Panamá, donde no pudo llegar por lo avanzado de su mal, razón por la que tuvo que ser desembarcado en Piura de donde pasó a Lima. Después del fallido exilio a Panamá, Oquendo intentó viajar a Arequipa y Puno, vía Mollendo. Pero en Arequipa, por segunda vez, fue tomado prisionero y enviado de nuevo, innecesariamente, al Frontón, y luego nuevamente deportado. Llegó a España y allí pasó el último año de su vida. Era el año de 1935.

Hay que aclarar que a pesar de la militancia política marxista, muy progresiva y renovadora en ese momento, Oquendo es único e inconfundible. Fue sin duda un marxista convicto y confeso, pero muy pocos marxistas han sido como él. Entre ellos, por supuesto, José Carlos Mariátegui, el admirado amigo con quien colaboró en Amauta. Como militante político, Oquendo parecía un personaje de La madre de Gorki, recreado por Dostoievski. Un ser «de ficción», una vida trágicamente surrealista: fue el bohemio absoluto, si bohemios fueron Cristo, Chaplin o Diógenes, según planteaba Mariátegui. Es decir, si la bohemia puede ser entendida lejos de las cantinas y el alcohol. Por lo demás, Oquendo «nunca tomaba un solo trago», como lo testifica su pulcro, inteligente y mejor amigo Emilio Armaza. Mariátegui dirigía muy bien el movimiento socialista desde su silla de ruedas en la casa de Washington, Oquendo era el militante de base que construía la revolución desde abajo y a dedicación exclusiva, en Arequipa. Por eso dejó la poesía.

Místico moderno, místico ateo, Oquendo buscaba la totalidad, la utopía de una sociedad libre y justa y creía en ella con todo su ser. En el fondo era un alma profundamente religiosa. Su ascética y férrea militancia, su vida materialmente miserable, lo llevó a los mismos extremos que a los grandes santos en la historia: hambre, frío y enfermedad fueron sus camaradas más pedagógicos. Alguna vez en Lima recibió un regalo contante y sonante, y un pariente le sugirió la idea de comprar una buena comida caliente que le haría bien a ese cuerpo enjuto, débil y enfermo. Pero él le respondió que precisamente por tratarse de un dinero esporádico o eventual, había que entregarlo al partido para el desarrollo de sus actividades, en ese entonces clandestinas y perseguidas.

La vida de Oquendo fue exactamente como su poesía: cinematográfica por excelencia y en más de un sentido. Para corroborarlo, José Luis Ayala recuerda que Oquendo «escribe sus poemas en una cinta cinematográfica y logra asir el tiempo a través de una brevísima pero encantadora y relampagueante obra». Sólo cinco metros de cinematográficos poemas. Eso fue todo. ¿Para qué más? Eso es, evidentemente, cinematográfico. La vida de Oquendo no daría mucho trabajo al guionista de un probable film. Bella y heroica vida.

Oquendo es, también, un símbolo de las relaciones regionales entre Puno y Arequipa, donde vivió querido por amigos ilustres, aunque rechazado socialmente debido a su enfermedad. Lo alojaron en una institución cultural, pero tuvo que ser desalojado por la enfermedad. Le permitieron el uso de la Biblioteca, pero los lectores pidieron que le prohibieran el ingreso, lo cual fue cumplido con pena por el director Calienes. Y también era delicado en su trato y eficaz para hacerse oír a pesar de la suavidad de sus ademanes y su voz nada enfática sino más bien persuasiva, una de las razones por la que el militante fue elegido secretario departamental del Partido Comunista en Arequipa seguramente.

Y a ello se dedicó con alma, vida y corazón, con toda su gran inteligencia, con todas sus habilidades argumentativas, su preparación filosófica y su rico bagaje cultural y, sobre todo, con pasión absoluta, sabiendo que, como decía Gramsci, otro marxista agónico, «la pasión aguza el intelecto», como la lucidez intelectual aumenta la potencia, el poder intrínseco de cada quien. Sólo hay que pensar en la actitud de Oquendo en la húmeda y sucia prisión y ante los interrogatorios policiales, felizmente bien documentados. Ha quedado demostrada su capacidad para mantener la serenidad en todo momento, para resistir el sufrimiento, para no traicionarse. Ni siquiera tuvo que mentir a la policía. Sólo se negó, con franqueza, a dar los datos, que le parecía asunto de principios. Tenía que trabajar rápido y con todas las fuerzas. Sabía que iba a morir joven. ¿No dijo él mismo a los 19 años, en uno de sus «Cinco metros de poemas», que «nadie podría tener más de 30 años»?

Si, como quería Rilke, el hombre cumple su destino si «muere de su muerte», el sino trágico que jamás abandonó a Oquendo desde la infancia, se cumplió en el sanatorio español de Navacerrada, siempre solo, débil y enfermo. Sin embargo, ese sino trágico o agónico, en el sentido de lucha, no de muerte, es balanceado, matizado y compensado con unos ademanes, una voz, una actitud serena y delicada frente a sus insoportables adversidades. «Se prohíbe estar triste», dice en su poema «Mar». Él mismo cumplió estrictamente la prohibición.

FUENTE:

recuperado de https://elmontonero.pe/columnas/carlos-oquendo-de-amat-un-poeta-oculto 

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