El Oquendo de Vargas Llosa

Vargas Llosa evoca la figura del poeta

Punto de vista
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¿Qué es lo que lleva a Mario Vargas Llosa a reconocerse en Carlos Oquendo de Amat casi treinta años después de su muerte? ¿Qué lo lleva, en medio del éxito, a recuperarlo del olvido? ¿Qué clase de sintonía o afinidad lo condujo a rendirle un homenaje? ¿Con que elementos construyó la imagen de Oquendo como poeta? ¿Con qué propósito construyó su imagen y utilizó su recuerdo?

 

Por: Jorge Valenzuela Garcés*

 

Estas son algunas de las preguntas que pueden generarse a partir de la lectura del discurso de agradecimiento que Vargas Llosa dio el 11 de agosto de 1967 en Caracas, por la concesión del Premio Rómulo Gallegos a su novela La casa verde, discurso en el que, ciertamente, el poeta Carlos Oquendo de Amat ocupa un lugar central.

El Oquendo de Vargas Llosa se construye a través de la evocación de la figura del poeta, a través de la reconstrucción imaginada de una vida que se siente próxima y que es necesario recuperar del injusto olvido. Contra la muerte, que en el caso de Oquendo es el olvido de su imagen y de su obra, Vargas Llosa convoca su recuerdo y lo instala en medio de una celebración (la entrega del premio) con el propósito de que opere activamente sobre todos aquellos que lo están escuchando esa noche.

Oquendo de Amat es, en palabras de Vargas Llosa, un ejemplo, quizá el mejor que encuentra en ese momento, de la forma en que un creador debe asumir su vocación. Oquendo es elegido por Vargas Llosa a partir de una necesidad: la de mostrar a un poeta cuya inmolación por el arte y entereza moral pueda inmunizarlo de cualquier sospecha, de cualquier posibilidad de ser identificado como cómplice de un régimen (el de Leoni en Venezuela) que lo premiaba a través de su Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes.

Sostenemos que la representación de la imagen de poeta-mártir, construido por el novelista peruano, funcionará en el discurso de premiación como un operador moral. Esto puede entenderse si atendemos a la naturaleza del contexto político venezolano del momento, viciado por el autoritarismo de una dictadura que, además, había roto relaciones con Cuba.

El Oquendo de Vargas Llosa

En su discurso, Vargas Llosa habla de “el fantasma silencioso de Oquendo instalado aquí, a mi costado” y de esa forma, al convocar su recuerdo, lo convierte en una presencia poderosa, arrancándolo, por unos momentos, del mundo de los muertos. Oquendo es una presencia que satura moralmente el espacio en que es leído el discurso. Oquendo está presente para cumplir con una función que el éxito le impide cumplir al propio Vargas Llosa. Quizá movido por una conciencia que se debate entre la culpabilidad que supone no haber padecido como el Oquendo que construyen sus palabras y el deseo de ser reconocido continentalmente, a Vargas Llosa le parece imprescindible asociarse a su recuerdo pero sobre todo a su significación.

El autor de La ciudad y los perros , parte del hecho de que “no todos los escritores han sido probados al extremo de Oquendo de Amat”, por lo tanto, el poeta es un ejemplo útil, un caso singular cuya “historia de vida” puede decirnos algo, un caso de ensañamiento social contra un poeta extraordinario que persistió, en la medida de sus fuerzas, en aquello que era la razón de su existencia: la poesía.

Oquendo es un paradigma, una cima inalcanzable que es útil, parece decirnos Vargas Llosa, para que todas las burguesías indolentes del continente reconozcan en el creador, al puro, al poeta, a aquel que puede morir por sus ideales. En consecuencia, Oquendo también es utilizado para demostrar lo insensible que pueden ser las sociedades frente al arte y a la literatura.

El discurso nos refiere a un Oquendo en tres momentos de su existencia. Nos lo muestra en vida, en el momento de su muerte y después de muerto. La síntesis vital no resulta nada halagüeña. La vida de Oquendo no puede resumir más desolación, más infortunio, más desgracia. La mención a su “nombre sonoro y cortesano, de virrey”, es utilizada para demostrar que, a pesar de tener un apellido con esa estirpe colonial, las condiciones sociales no le fueron favorables. La mención no hace sino mostrar que Oquendo, siendo de alguna manera parte de esa burguesía parásita, decidió exiliarse en su propio mundo para salvarse de la corrupción social y moral.

“Hechicero consumado, brujo de la palabra, osado arquitecto de imágenes, fulgurante explorador del sueño”, son algunas de las misteriosas y hermosas calificaciones que Vargas Llosa emplea para valorar el quehacer poético de Oquendo. En ellas observamos a alguien para quien la poesía es un oficio de iniciados, un saber que supone la posesión de algo privilegiado, un saber que se comparte porque se es uno más de la cofradía que posee la llave del misterio de la creación.

Vinculándolo con aquella escuela que sí sintonizaba con su teoría de los demonios: el surrealismo, Vargas Llosa se siente cómodo con Oquendo, porque en el fondo no contradice sus creencias literarias, porque lo considera su par, porque, como él, se entregó, en la creación, al sueño, a lo irracional, a la sinrazón. “Un joven que había leído con fervor los primeros escritos de Breton” dice para referirse a Oquendo y con esas palabras confirma la fuerza avasallante del surrealismo que había inspirado la violencia y la verdad de César Moro.

¿Cuál fue el precio que Oquendo tuvo que pagar para ser fiel a sus creencias y a su oficio? Según Vargas Llosa, la soledad, la pobreza, la oscuridad, esa terca infelicidad que lo persiguió hasta después de muerto, ese conjunto de circunstancias que lo “probaron” llevándolo hasta los extremos de la destrucción.

Después de ubicar a Oquendo en ese extremo, Vargas Llosa se refiere al “destino sombrío” de los escritores en América Latina, a la irremediable condición del escritor en un continente que no lo valora y que además lo margina. La diagnosis no puede ser más desalentadora.

Para Vargas Llosa, Oquendo no pudo vencer la hostilidad, la indiferencia, el menosprecio de la burguesía por la literatura. No las pudo vencer porque “vivió y escribió en condiciones excepcionalmente difíciles”, pero sobre todo porque “vivió rodeado de gente que en su mayoría no sabía leer o no podía comprar libros o no le deba la gana de leer”. Oquendo escribió en condiciones adversas no solo porque la sociedad de lectores no existía o no estaba preparada para acoger su obra, sino porque esa sociedad no podía materialmente otorgarle un lugar. Y no podía porque esa sociedad había sido incapaz de producir editores interesados en la poesía, porque esa sociedad no había generado una clase intelectual capaz de hacer de la poesía un arte en el cual esa sociedad pudiese verse a sí misma. ¿Qué valor podía tener, entonces, un poeta y, más aun, su poesía?

En un universo clausurado, en un país en “donde la injusticia es ley”, en un país considerado como un “paraíso de ignorancia, de explotación, de desigualdades cegadoras, de miseria, de alineación económica, cultural y moral”, era, sin duda alguna, imposible llegar a ser un escritor.

Este es el momento en el que Vargas Llosa realiza, en su discurso, esa inflexión que abre las compuertas de ese nuevo mundo que lo tiene fascinado: Cuba, mundo al que presenta como el ideal al que hay que acercarse, como el único capaz de acoger en su seno a los escritores.

El hecho que Vargas Llosa reivindicase a Cuba en un contexto tan desfavorable, políticamente hablando, como la Venezuela de Leoni, no deja de entrañar un acto de valentía; es cierto que matizado por el propósito de “limpiarse moralmente” de cualquier compromiso con ese régimen, pero, desde todo punto de vista, honesto. El escritor peruano acepta el premio con una condición: que no suponga ni la más leve sombra de compromiso ideológico, político o estético, claro está, con el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela, porque los compromisos ya los tenía casi todos con Cuba y la Revolución. Vargas Llosa , así, se acerca hacia el final de su discurso avizorando, en el horizonte latinoamericano, la realización de lo que para él ya es una realidad en Cuba. Él lo dirá así: “Pero dentro de diez, veinte o cincuenta años habrá llegado a todos nuestros países, como ahora a Cuba, la hora de la justicia social y América Latina entera se habrá emancipado del imperio de la saquea, de las castas que explotan, de las fuerzas que hoy la ofenden y reprimen. Yo quiero que esa hora llegue cuanto antes y que América Latina ingrese de una vez por todas en la dignidad y en la vida moderna, que el socialismo nos libere de nuestro anacronismo y nuestro horror”.

Marcado el compromiso, ajustada la fe con Cuba, puede observarse que la sacralización de la figura de Oquendo le sirve a Vargas Llosa para reprocharle a las parásitas burguesías latinoamericanas toda su indiferencia con los escritores y el arte y, simultáneamente, para edificar la imagen del escritor cuya devoción por la literatura debe conducirlo inevitablemente a una insurrección permanente. Ese es el sentido final del discurso, sostener que un escritor jamás podrá desarrollarse en ámbitos reñidos con la cultura y filiarse una fe en la que el modelo de sociedad cubana termina siendo el paradigma. Que el futuro contradijera los valores que Vargas Llosa defendía entonces con respecto al régimen de Castro, obligándolo a romper con la Revolución, es, desde luego, una situación que no toca a Oquendo. Su imagen y su recuerdo seguirán siendo los del poeta, los de un hombre entregado a la literatura.

* Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Fuente : http://www.agenciaperu.com/  visitado y copiado: 28/09/2005 22:33:15

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