París, el canto del zorzal

Expiré
Europa
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Imagínese que estaré en dos mesas redondas polemizando con 11 escritores sobre mi obra y ese libro de ensayos; son peruanos, franceses y peruanistas y me gusta así porque vivo en política siempre y a eso lo agrego mis lecturas literarias. Solo vine y solo me enfrentaré a los hijos literarios de Vargas Llosa. Me da humor esa polémica, en la cual hasta Miguel Gutiérrez cayó, entre andinos y criollos o costeños, durante buenos años, y hasta ahora los culturalistas medran con ella. La cuestión es de clase, no de geografías, razas o identidades.

 París , el canto del zorzal

Por Miguel Arribasplata
 
Miguel Arribasplata
Exposición de Miguel de Rivasplata en el Centre Culturel Péruvien de París,  CECUPE - París, 11 de febrero de 2024
 
Aquí en París el invierno ojea su frío niño, los árboles deshojados de verde pudor se mecen perezosos con el viento menesteroso. Yace mi cansina soledad sepultada de amicales presencias cantuteñas. Brioso de lecturas francesas, acomodo mi serrana inteligencia a la conversación con mis pares peruanos y europeos; y lenguaraz de cultura, vigilado por las sombras de mis maestros Víctor Mazzi Trujillo y Miguel Gutiérrez Correa, hablo sin ninguna mansedumbre en el ágora del CECUPE (Centre Culturel Péruvien), que dirige la culta señora Yolanda Rigault.
 
En el asiento del recuerdo, mi padre, don Jacinto Arribasplata Díaz, señor de caminos agrarios, me vocea desde dónde estará. Y mamá Otilia me dice: " Dónde te has metido, hijo andariego; regresa pronto, tu plato ya se enfría".
 
Avecindado de nostalgias que endulzan a la mañana y arremangado del aliento de Enrique Aracayo, secuaz de mis haceres, lecturas y conversas; del tal Vera y Óscar y su bendita corrección de estilo; joven de emoción solivianto a la audiencia, como chalán de potro pajarero, corcoveador en el más allá o más aquí del norte de mi Perú.
 
La niña de nuestros ojos parpadeó de alegría, por volverse catona y cosmopolita: en tierra ajena hizo su guerrilla literaria y alborotó el solidario auditorio.
 
Palangana, chaposo, huareño, peinado de vergüenza, escobillado de afectos, cajamarquino de oficios y beneficios, desgrané a boca suelta aquello que ciertos limeñitos, sufragados por el establishmen y las angurrientas editoriales, anotan en sus novelas como “guerra interna”, que de tal guerra no tienen nada, solo los egos experimentales, desolados, alienantes, de a pie juntillas, de rodillas, para perjudicar ese intento de asalto al cielo, que acaeció en mi país, en el tiempo y en el nosotros, obreros del mañana, niños de Vallejo y su España aparta de mí este cáliz. A propósito, don César, a mí no me friegan los cóndores, sino esos inventados polemistas y culturalistas andinos y costeños. La movida es de clase, no de razas ni geografías.
 
¡Oh!, vean pues, en el CECUPE, mi yo se convirtió en el nosotros, el colectivo de escritores y escritoras cuyo trabajo es el arte que quiere ser acontecimiento. ¿Qué dices de ello Lucho Morón, y tú, Lucho Guzmán?
 
El zorzal es un pájaro labriego que, en San Pablo, mi tierra de caminos colorados, canta en la lluvia, llamando a los gañanes para que uncen la yunta y aren la tierra fértil. Yo también oí ese canto y vine a sembrar otras novedades en la Europa de Balzac, Flaubert y el gigante Proust, y a recibir lecciones de los amantes de la literatura.
 
Así pues, don César Abraham Vallejo Mendoza, yo le visité en su aposento inevitable, y oí a los viejos cuervos de la envidia romper la tarde en el bosque y también zurear a las palomas. Y a Sartre, Simone de Beauvoir, Baudelaire y otros fallecidos de cuerpo y resucitados de fama, intelectos que inauguraron, junto con mi profesora de educación primaria, doña Maruja Chávarri, mi mente con sus obras magnas.
En París suspiré hondo a orillas del Sena, río señor de la ciudad, alegre, gratificado por las lecturas, por mis alumnos, amigas y amigos del Departamento Académico de Comunicación y Lenguas Nativas, de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, excelentes profesionales.
 
Y así, provinciano, arriero de altas cumbres y bajíos, evocando a doña Consuelo Lezcano, a mi hermano Salvador y a mi hogar, lío mis bártulos para retornar a Lima.
 
Saludos a mis amistades de Facebook.
 
París fue una fiesta en la librería Shakespeare, con el apreciado poeta y paisano Elqui Burgos.
 
Gracias, señora Yolanda Rigault, por invitarme a la mesa de peregrinos y cultores de la literatura. Gracias Alberto Mego, hombre sabio de teatro, por la noche de cobijo. Abrazos a Alfredo Pita y a quienes me acompañaron para conversar y beber esa cerveza con sabor a mí, como el bolero, pierna con pierna, con palabritas de te quiero en el quisquilloso oído.
 
Un abrazo cantuteño y sampablino de Miguel Arribasplata Cabanillas.
París, 11 de febrero de 2024.
 
 

 

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