Tu bondad pintó el canto de los pájaros

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"Oquendo fue sepultado en el olvido hasta los años 60, por una crítica literaria anacrónica. (...) Desde entonces se han sucedido artículos periodísticos, tesis universitarias, libros, ediciones facsímiles o no parecidas; pero sobre todo, su lectoría, se ha hecho fervorosa. Y sin embargo, debiera dejar de ser un poeta de culto y entrar de lleno a las aulas de los colegios."

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"Tu bondad pintó el canto de los pájaros"

Omar Aramayo1

Por: Omar Aramayo

Lima 6 de julio 2018

 

A los veinte años, Carlos Oquendo de Amat, ya se había convertido en uno de los poetas más notables del idioma; aunque ni él mismo, entonces, lo supiera. Artur Rimbaud, a los diecisiete se hizo uno de los poetas más significativos de la humanidad. André Túpac Amaru, también a los diecisiete, condujo un ejército de veinte mil hombres, con éxito, en el Alto Perú. Son casos excepcionales de precocidad, es decir: realizar una obra trascendente, indiscutible, a tierna edad, en cualquier actividad humana.

Su nombre civil es una especie de trabalenguas para un presentador radial: Carlos Augusto Luis Humberto Nicolás Oquendo Amat. Para simplificar las cosas, quedó solamente en Carlos; pero le aumentó la conjunción de, y con ello recuperó la resonancia del aristocrático apellido catalán del virrey, de Amat y Junyet; dejado de lado hace más de cien años.

Su padre, Carlos Belisario Oquendo Álvarez, fue médico, político, y periodista. Graduado en la Universidad de París, con una investigación sobre la ocena, enfermedad hoy en extinción, parecida a la rinitis. Mantuvo un periódico llamado El Siglo, a través del cual difundió ideas liberales, lo cual le ganó el odio de los sectores conservadores de Puno, especialmente la Iglesia, situación que concluye con la expulsión del doctor Oquendo, de la ciudad. Es también el inicio de la tragedia familiar, condenada a la miseria y a su disolución. Su madre, la hermosa dama moheña, Zoraida Amat Machicao, muere en Lima, alcoholizada, Carlos tiene diecisiete años. El padre ha muerto cinco años antes. Los tres miembros de la familia padecen de la enfermedad mortal de la época: la tuberculosis, y al fin son víctimas de este mal.

Cinco Metros de Poesía, libro único de Oquendo, contraviene a la idea convencional de libro; cuestiona y lleva más allá el concepto. Cuatro ideas claves pueden conducirnos a comprender la presentación de esta cinta doblada en forma de acordeón, biombo, o abanico. O solo la metáfora de una cinta de celuloide. Cinta de papel plegable de 6.20 mts, en cuadrados de 23.4 x 23.4, que en apariencia es un libro común, pero que al abrirse y no encontrar las hojas convencionales, nos regala una sorpresa. 1. Con el tiempo, a esto, se le ha llamado libro objeto, concepto propio del siglo XX, pero cuyos referentes lejanos se encuentran en el Medioevo y en la antigua China; y que hoy es común ver en la publicidad y en el desarrollo del diseño gráfico. Esta es una idea a acaballo, que va entre la poesía y las artes plásticas. El libro es un objeto, que podemos tocar y mover, independiente al contenido del texto. Es un concepto de resumen, a propósito de la post modernidad. 2. Oquendo imaginó su libro dentro de un conjunto de ideas renovadoras que conmovieron las estructuras ideológicas de la segunda y tercera década del siglo XX, en Europa y en el mundo entero, conocida como Vanguardia, que de las artes trasciende a la filosofía, y a la vida cotidiana. 3. Sin duda, es una expresión de la creatividad, de hacer algo nuevo, innova lo existente; objetivo que nace como expresión de alegría, júbilo, obedece al espíritu lúdico. El homo ludens. Se juega y se aprende. Contemplar, abrir, leerlo, es un juego. Esa, la idea original.

No debemos olvidar que el doctor Oquendo, llega de París con un generoso equipaje. Trae proyectores de cine, una cantidad considerable de cintas de cine mudo, revistas, libros; poesía simbolista: Albert Samain, Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Villiers de L'Isle-Adam, Verlaine. Supo el joven Oquendo, a lo largo de su vida, digerir esas lecturas, hacerlas suyas, y entre ellas y distinguir reconocer su voz.

La filosofía interna de sus poemas, se desarrolla dentro de lo que podríamos llamar la Armonía Crítica, que confronta, sin ira ni rabia, y ni siquiera la exposición llana de los problemas sociales de la época, con aquello que es perfecto o tiende a la perfección, como podría ser una escultura griega o un paisaje maravilloso. Y que es su poesía. Lo estético definitivo, lo hermoso inmaculado, frente a la realidad que a veces se torna terrible, dramática, o patética. En sus poemas, con excepción de dos, en la primera parte del libro, (Poema del manicomio, y El cuarto de los espejos; ambos semejan pesadillas) las palabras, las figuras literarias, las ideas, evocan lo bello total, al amor de la naturaleza. Estas dos formas de la realidad, lo bello perfecto frente a lo dramático, al confrontarse, producen un estado de crisis, un punto donde se quiebra la gravedad de las cosas. O cambian, o colapsan. Se miran juntas, pero se confrontan, una no sostiene a la otra, la cuestiona. La crisis es un estado de tensión. Esa, la función social de la belleza, el cambio, la transformación subjetiva. La poesía de Oquendo, tesis y luego síntesis, busca la elevación del espíritu, lo místico.

Es un concepto sumamente elaborado, máquina que en absoluto es casual, producto de una personalidad, que desde niño, se ha entrenado y entregado al ejercicio de la belleza, de la palabra, y del juego. Eso le permite descubrir a la ciudad contemporánea, es el gran poeta cosmopolita, su exégeta y su crítico. Oquendo de Amat, poeta estructural, arquitectural, sin decorados ni hojarasca, sin fáciles inventos, codas inútiles, justificaciones innecesarias. Permanecerá por siempre, como el árbol en su savia o la montaña en su raíz, como el animal en su instinto o el fuego en su resplandor. Leámoslo.

Oquendo fue sepultado en el olvido hasta los años 60, por una crítica literaria anacrónica. Entonces, después de treinta años, el cosmos volvió a organizarse, escribí mi tesis universitaria; coincidentemente, aquellos años, Allen Ginsberg lo descubrió, y Mario Vargas Llosa lo evocó en su famoso discurso La literatura es fuego. Desde entonces se han sucedido artículos periodísticos, tesis universitarias, libros, ediciones facsímiles o no parecidas; pero sobre todo, su lectoría, se ha hecho fervorosa. Y sin embargo, debiera dejar de ser un poeta de culto y entrar de lleno a las aulas de los colegios.

FUENTE: https://www.facebook.com/omar.aramayo.39  Leido y copiado el 6 de julio 2018

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