Llanto de quenas sobre una sierra castellana

De Lima a Madrid
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"Vino a decir su grito de auxilio cuando ya su garganta estaba ronca y su existencia deshecha. Nunca había importunado a nadie, pero cuando quiso pedir algo, ya era tarde para darle. Se supo en trance de muerte, y solo al verla de cerca se turbó con su presencia".

 

Llanto de quenas sobre una sierra castellana

Rosa ARCINIEGA*

 

Fernando Iwasaki tumba oquendo de amat

Tumba de Carlos Oquendo de Amat en el cememntario de Navacerrada (Cerca de Madrid) - A la izquierda : Fernando Iwasaki

El poeta Carlos Oquendo de Amat nació en Puno, el 17 de abril de 1905 y murió en un sanatorio de Navacerrada, España, el ó de marzo de 193ó. Tenía entonces treinta años y era autor de un solo libro, 5 metros de poemas, considerado entre las cumbres de la poesía vanguardista hispanoamericana. Descendiente de un virrey, el poeta era conocido por su militancia marxista y su simpatía personal. Recién llegado a Europa, quiso instalarse en París, donde su padre había estudiado medicina, pero se mudó a Madrid y apenas pudo sobrevivir tres meses, devorado como estaba por la tuberculosis. De él dijo su amigo Enrique Peña Barrenechea, en versos que están también en su lapida, «Oquendo, Oquendo, Oquendo, tan pálido, tan triste/ tan débil que hasta el peso de una flor te rendía». La escritora peruana y autora de estas líneas vivía entonces en Madrid y, a su vuelta al Perú, publicó este artículo en el diario La Prensa de Lima, en marzo de 1937.

Vino a decir su grito de auxilio cuando ya su garganta estaba ronca y su existencia deshecha. Nunca había importunado a nadie, pero cuando quiso pedir algo, ya era tarde para darle. Se supo en trance de muerte, y solo al verla de cerca se turbó con su presencia.

Se llamaba Oquendo de Amat. Poeta. Peruano. Hombre de la serranía trasladado a un clima extraño. Había llegado a España, a Madrid; pero nada supimos muchos de su llegada hasta allí. Su existencia debió ser un milagro. Milagro para el buen burócrata que no concibe un mañana sin programa definido a rutas bien anchurosas; no para el mismo poeta, nacido para ser ave sin graneros ni sembríos. /Hambre? /Falta de un lecho tal vez? ¿Frio de las noches madrileñas que barre la meseta castellana? Nunca se supo nada de esto, porque cuando hubiera importado saberlo para poner un remedio, era —ya Lo he dicho— tarde.

Pero, un día, la voz de Oquendo de Amat, el poeta, llegó hasta el Consulado de nuestra nación en Madrid. Honda. Hueca. Cavernosa. Desgarrada. No nos parezca esto extraño. ¡Esa voz —a través del hilo telefónico— venia del hospital y era la voz de un tísico! Tuberculosis avanzada, incontenible, fatal ya. Y alguien se trasladó, entonces, a ese benéfico establecimiento para saber lo que quería aquella voz de compatriota que demandaba socorro.

  VIDEO: Navacerrada, lugar donde está enterrado Carlos Oquendo de Amat

Oquendo de Amat, el poeta, estaba allí, en una estrecha galería, sentado a solas sobre un banco y junto a una ventana a la que en vano pedía más oxígeno para sus rotos pulmones. Explicó, entonces, el objeto de su llamada angustiosa. Se sentía mal. Se asfixiaba en su cama del pabellón donde estaba acomodado. Culpaba de este malestar a la atmósfera recargada del hospital, a la muchedumbre de otros enfermos que lo llenaban todo ... Y pidió vehementemente: “sáquenme de aquí. Ordenen que se me lleve a otra parte. A donde sea, pero a otra parte. Necesito aire. Necesito luz. Necesito horizontes. Sufro mucho. iAh, si pudiera irme a la sierra del Guadarrama, a uno de aquellos blancos sanatorios instalados en las cumbres! Allí me pondría bien. Respiraría. No viviría en este estado de asfixia perpetua en que vivo aquí...».

Poeta al fin, él soñaba con aquellos blancos sanatorios, con las cumbres del Guadarrama, con el aire, con la luz y con los horizontes, no quizá tanto por una absoluta necesidad física de ellos, sino por una más absoluta necesidad espiritual. Era que llegaba para él la hora amarga de morir y, al arribar a esa hora, toda su tremenda sed poética de beberse a lentos sorbos por última vez la gloria luminosa de los paisajes que amara en su juventud, se despertaba incontenible, de pronto, en el aterido fondo de su postrera ilusión. Era que, como ya dijo Rilke, Oquendo de Amat, al preparar sus adioses, «sentía ciertamente la extrañeza de separarse de aquellos usos que apenas si acababa de aprender, y de no ver mis las rosas y las cosas, cada una de las cuales contuvo una promesa; y de no ser ya ni el nombre que se fue». Era que, malherido ya de muerte, Oquendo de Amat buscaba un lugar campestre y silencioso donde caer ...

Después de hablar con él en aquellos corredores del hospital de Madrid, se habló con los médicos que le tenían bajo su custodia. Y —cosa esperada después de oírle su rota voz—, los médicos dijeron: «Es inútil llevarle a ninguna parte. Es inútil cuanto se intente hacer ya por él. Llegó aquí cuando ya sus pulmones no tenían compostura, y no cabe otra cosa sino esperar su desenlace. No puede tardar. Esa asfixia que él siente no es porque aquí le falte aire. Es porque sus pulmones no pueden ya recibirlo».

No obstante, el Consulado de Madrid escuchó la última petición de este condenado a muerte a fecha fija casi y trasladó a Oquendo de Amat al blanco sanatorio del Guadarrama con el que soñaba. ¡Qué bello debió de parecerle a Oquendo de Amat aquel viaje en automóvil desde Madrid hasta la sierra! Precisamente porque era el último. Precisamente porque solo se sabe del amor hacia las cosas cuando las cosas van a ser abandonadas ...

Por fin, ya tenía Oquendo de Amat, bajo el límpido cristal de la ventana de su habitación, los paisajes que buscaba. Cerca, casi a un tiro de pistola, los verdes manchones de los pinares, inyectando sus perfumes resinosos a los aires por los millones de agujas de sus tupidos ramajes. Debajo —y a lo lejos— toda la austera amplitud de la meseta castellana. Y, por todas partes, aire, sol, luz, agua y blancuras impolutas.

Pero, a los tres días de encontrarse allí, su voz, ahora ya casi inaudible, volvió a sonar en el Consulado del Perú en Madrid, a través de los hilos que unen la serranía con la capital de España. Y esta voz angustiosísima reincidirá en otra petición: “vengan a sacarme de aquí. Devuélvanme otra vez al hospital. La altura me ahoga. Me falta el aire. Me siento peor que antes. Quiero volver a Madrid. Vengan pronto por mí”...

Y alguien se destacó nuevamente hasta el sanatorio del Guadarrama para dar cumplimiento a este deseo del poeta. Pero, cuando llegó allí, los médicos le dijeron, “No se puede sacar ya de aquí. Se moriría en el camino. Está en los últimos momentos ya. ÉI —claro— no Lo sospecha siquiera y, por eso, achaca su agonía a la altura. Si se le pudiera devolver a Madrid, pediría inmediatamente ser traído aquí de nuevo. Son los postreros forcejeos por pretender desatarse de la garra fatal que Lo oprime”...

Y, en efecto; se le puso una disculpa y Oquendo de Amat se quedó allí. Por un par de días nada más porque, pasadas cuarenta y ocho horas, el teléfono volvió a sonar, pero solo para decir que el poeta había muerto. 0, mejor, que se habla extinguido con una languidez de flor tronchada. Sin decir nada. Sin hacer ninguna postrera petición. Sin dejar nada tampoco en el mundo si no era el leve eco de sus callados poemas.

 

 Vista general de Puno. M. F. Paz Soldán, Atlas Geográfico del Perú, 1865

 

Cuando se penetró en su habitación, había en ella una pequeña maleta. Y, dentro de esta, un atadillo de topas, unos libros, un puñado de papeles, unas cartas. Era toda su herencia. ¡Una herencia hermosa, ciertamente, de poeta!

Como a Rilke, se le dio tierra en un silente, pobrísimo cementerio, enclavado en una colina contigua al sanatorio. En plena sierra. Sobre la paz de los montes. Sobre el balcón —también— que se asoma hacia Castilla. ¡Morada última, en fin de cuentas, la más apta para los poetas amadores del silencio!

Y eso hubiéramos creído todos al ver sepultado allí al compatriota Oquendo de Amat, en medio de aquella quietud de los montes serranos sobre los que únicamente parecía sonar, en horas tales, el llanto amargo de una quena viniendo desde otra serranía lejana, al otro lado de los mares ...

Pero, unos meses después —¡quién había de decirlo!—, sobre aquellos montes castellanos se abatió el fantasma de la guerra civil española. Rodó el espantable bramido del cañón por aquellas gargantas de la sierra del Guadarrama. Pespuntearon las ametralladoras con sus agujas mortales las otras rumorosas agujas del ramaje de los pinares. Cayeron los furiosos rayos de las granadas sobre la tierra tranquila. Aulló la bala del fusil. Restalló el seco tiro de la pistola. Estremeció el aire el grito de los caídos... adiós silencio, paz y reposo en que todos creímos, entonces, ¡que dormiría por siempre el triste Oquendo de Amat!

En lugar de un amoroso manojo de florecillas silvestres, arrancadas por manos de compatriotas de un rincón de la ladera para derramarlas, en símbolo de recuerdo, por encima del metro cuadrado de su tumba en la montaña, sobre aquella montaña y sobre aquella tumba donde quedó sepultado el poeta peruano Oquendo de Amat, llueva, hoy, compacta, la metralla que siega vidas; y llueve, además, una lluvia pertinaz hecha con rojas gotas de sangres que nacieron hermanadas.

*La obra de Rosa Arciniega (Lima, 1909-Buenos Aires, 1999) viendo siendo objeto de una valiosa tarea de rescate. Destacado rol cumple en ello la escritora y académica sevillana inmaculada Lergo Martín, quien ha tenido la amabilidad de proporcionamos este artículo.

 

 

 En la portada: carátula de la primera edición de 5 metros de poemas. Lima, Editorial Minerva, 1927.

 https://core.ac.uk/download/pdf/16366133.pdf    

 https://cutt.ly/EEXSg9h

 

FUENTE / https://www.ccincagarcilaso.gob.pe/quipu-virtual/boletin-internacional-no-1/

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