En “5 metros de poemas”, único poemario dejado por Oquendo de Amat —en un formato plegable como un acordeón— el autor ve una organización como las viejas películas en blanco y negro de los años veinte. Señala también un tejido musical, una penetración en el viaje, un desplazarse desde el altiplano puneño, desde los primeros amores juveniles hasta los puertos del mundo. Después de haber publicado esa obra maestra, Oquendo de Amat prefirió callarse y militar en un partido de izquierda. En la literatura universal se han visto casos como el de Goethe que, renegando del romanticismo, terminó considerándose apolíneo, Rimbaud deja de escribir para refugiarse en el Sahara y convertirse en traficante de armas. Wittgenstein abandona las matemáticas por la filosofía y acaba escribiendo poesía… Según Jorge Nájar: “[Oquendo de Amat] tenía la edad anunciada en su pronóstico neoyorquino cuando se encontró con la muerte: ‘Nadie podrá tener más de 30 años’.”
Carlos Oquendo de Amat: Sinfonía cinematográfica
Por : Jorge Najar
Este artículo fue publicado originariamente el 01.12.2005 en www.resonancias.org
El drama de Carlos Oquendo de Amat (Puno, Perú, 1905 — Navacerrada, España, 1936) no dejó de asombrar a quienes se acercaron a los detalles de su vida y a la aventura de 5 metros de poemas, su único libro. Tal vez por su presentación original en una hoja de papel plegable no han sido pocos los que han asemejado la forma del objeto con la de un acordeón; asimismo, por la composición de los poemas en una tipografía libre, lo han asociado con ciertos rasgos de los caligramas surrealistas. En realidad esas asociaciones se acercaban a la esencia sin designar los componentes principales. Hay que recordar también que Oquendo de Amat tenía diecinueve años cuando terminó la composición de su libro y que habían pasado sólo tres años desde la primera edición del conmovedor Trilce de Cesar Vallejo.
Este dato es importante en lo que se refiere a las apuestas formales de 5 metros…, no así en lo referente a la melodía. En las sonoridades de Oquendo, con toda su autonomía característica, resuenan más bien ciertos aires del simbolismo de José María Eguren. El libro, materialmente, está organizado a modo de lo que ahora resultan las viejas películas en blanco y negro y que, en su época fueron también revolucionarias. El "Intermedio" lo indica de manera nítida. Igualmente téngase en cuenta que el objeto sonoro y visual que es este libro se compone de veintitrés imágenes —si tenemos en cuenta las instrucciones para la lectura, la dedicatoria y las páginas dobles—, las necesarias para crear la idea del movimiento, más una final que marca la presencia del ojo rector. Esa es la fuente luminosa desde la que el autor ha proyectado sobre la pantalla su universo: un tejido musical, una penetración en el viaje, un desplazarse desde el campo andino, desde los primeros amores, hasta los océanos y los puertos marítimos del planeta.
La idea del movimiento es conseguida gracias a la sucesión de imágenes bastante rápidas; así el lector, el auditor, el espectador tiene la impresión también de estar ante un espectáculo continuo, como si se tratara de una sinfonía cinematográfica. Hay por momentos incluso puestas en escena en las que intervienen numerosas voces para darnos testimonio del gigantismo urbano; me refiero en particular al poema New York. Ante la crítica que ha señalado los componentes vanguardistas en 5 metros…, conviene precisar también en qué consiste ese acierto en su caso. En su entramado se pueden visualizar protagonistas, sujetos y situaciones que, por encima de ellos, son puestos en acción por una voz que, desde un aparente candor, consigue colocarlos en el momento preciso dentro de la sinfonía cinematográfica con una extraña mezcla de ternura inconmensurable y un excelente sentido del humor: “Se prohíbe estar triste”, “Se vende esta mañana”. Habita en su propuesta la nítida estrategia de un creador de ficciones. En el fondo narrativo actúa un jovenzuelo buscador de modernidades, en Lima, sumido en la aventura del cine con su “aldeanita de seda”. Ambos penetran en la oscuridad de una sala agitando las manos. Avanzan entre la “ETERNA juventud vejez ETERNA” ¿Van a ver qué? ¿El vértigo de la realidad? Se han introducido en la ficción y con ellos nosotros: “una sorpresa perenne / DENTRO DE LA ROSA DEL DÍA”.
Y allí, en la pantalla, asisten —asistimos— al desdoblamiento de los sujetos y de los paisajes: “París se ha cambiado a Viena.” “La vida nos parece mejor porque está más alta.” “Somos buenos y nos pintaremos el alma de inteligentes.” Hay, entre tanto, esa confesión a la amada: “Para ti tengo impresa una sonrisa en papel Japón.” Después llegamos al instante más sobrecogedor. Estamos en el modelo urbano soñado, Nueva York, un mundo en el que “nadie podrá tener más de 30 años” y en el que “una muchacha cualquiera / en las trenzas / lleva prendido un letrero / SE ALQUILA / ESTA MAñANA”. Desfilan ulteriormente sonoridades e imágenes en las que priman navíos, bandoleros, caballos, perfumes convertidos en árboles, pañuelos que se vuelven flores, brisas que arrastran pétalos y la transformación del mundo vegetal en animal. La frescura de esas visiones, así como las irreverencias del discurso, los atrevimientos con la lógica, conducen a pensar que estamos ante un punto de vista revolucionario que, de manera sinfónica, nos hace partícipes de las experiencias del cine de los años veinte. Así la aventura es entendida como un viajar hacia otros mundos. En una escena posterior llegamos a Amberes: las cúpulas cantan, el cielo de pie espera con su gorrito a cuadros. Los viajeros que parten a América. Se trata de un recorrido lleno saludos, vinos, niños, ciudades líricas, fuentes, una postal soñada. Clarinetes. Zampoñas. Un mundo de pura ficción.
El director de la sinfonía presenta luego al jovenzuelo en una escena de despedida de su madre interpretando a capella el adiós hasta llegar a la revelación final: “Tengo 19 años / y una mujer parecida a un canto”. Eso es, en esencia, lo que hay en ese libro irrepetible. Lo que se puede constatar ahora es que más allá de la ambición cosmopolita – las alusiones a los grandes puertos, a las estrategias cinematográficas, musicales y publicitarias en Lima, Nueva York, Amberes, París – lo verdaderamente ejemplar es la integración de las sonoridades, imágenes y sujetos andinos en el conjunto de voces e instrumentos cosmopolitas que suenan acordes dentro de ese objeto. Y esto que ahora podría parecer un componente corriente en el arte de nuestros días, al ser ubicado en el espacio histórico, geográfico, estético e ideológico de su época, que pretendía que cosmopolitismo suponía relegar a niveles sin importancia la particularidad socio-cultural, le otorga su verdadera dimensión al hallazgo.
Hoy cabe señalar que la modernidad de Oquendo de Amat reside también en haber apostado a contracorriente. Por eso mismo los componentes de su sinfonía se han alzado a lo largo del siglo y han permanecido indemnes en medio de tantas masacres de las propuestas convenidas. En suma, el lirismo puro que precede, se intercala y que desempeña el papel de fuga musical a lo largo del despliegue cinematográfico es, para mis gustos, de fibra andina. A su lado, resuenan las trompetas, los clavecines y los contrabajos. Alabado sea el señor. Dicho eso, resulta también increíble que después de tal entrada en materia el autor de la sinfonía cinematográfica haya callado. Contribuyeron sin duda las contingencias históricas y geográficas. Lo cierto es que después de esa hazaña el poeta se entregó a la militancia política. No volvió a publicar otro libro. Se transformó en militante del Partido Comunista tal vez con la idea cristiana de que detrás de él vendrían sus seguidores rumbo a la idea salvadora del destino de los hombres.
Se ha dicho también que por entonces modernidad y comunismo iban de la mano. En todo caso, a esos cambios radicales que ocurren en la vida de ciertos poetas, algunos han dado en llamar elección existencial. La historia universal de las letras registra más de una. Se cita, por ejemplo, el caso de Goethe que renegó de las tempestades del romanticismo y se eligió apolíneo. O el más acudido, el de Rimbaud que sencillamente dejó de escribir y se consagró a la aventura africana. O el de Wittgenstein que renunció a las matemáticas por la filosofía y, sin buscarlo, terminó de poeta. Hay tantos casos de transformación espiritual, y el poeta de los 5 metros… se me ocurre que pertenecía a esa estirpe. Pero por su elección existencial la dictadura de entonces lo mandó torturar en “El Frontón” y lo expulsó del país a rumbo perdido. En Centroamérica lo desembarcaron y otra vez fue encarcelado y convertido en una ruina febril. Llegó a París y de allí saltó a Madrid donde entró en crisis la tuberculosis que arrastraba. Murió en un hospital Navacerrada cuando comenzaba la guerra civil española en 1936.
Esas son las señas más evidentes de la vida breve de un personaje que ha ido creciendo con el tiempo. Hoy, sin duda, Oquendo de Amat es infinitamente más grande que quienes lo obligaron a abandonar el país. Señalemos algunos datos de lo que he dado en calificar de “Oquendomanía”, sólo unos hitos que han contribuido a destacar el frescor y la limpieza de su verso. Luis Alberto Sánchez incluye tres de sus poemas en Antología de la Poesía Peruana aparecida en 1938. Pero sin duda la reflexión más visible de entonces fue el ensayo de Estuardo Núñez Panorama actual de la poesía peruana publicada en Lima, también en 1938. Veinte años después de la primera edición, el libro es recordado de manera especial por Sologuren, Eielson y Salazar Bondy en la antología La poesía contemporánea del Perú de 1946. Vuelve a aparecer en Poesía posmodernista peruana de Luis Monguió de 1954. En 1960, en el número 41 de la revista Idea, Luis de Rodrigo también le consagra una nota. Mario Vargas Llosa le rindió homenaje en el discurso de recepción del premio Rómulo Gallegos el 4 de agosto de 1967, en Caracas. Poco a poco la admiración secreta por el poeta delicado y fino siguió creciendo. En 1973, Carlos Meneses publica Tránsito de Oquendo de Amat (Las Palmas: Inventarios Provisionales), el libro canónico sobre la vida del poeta. Tenía la edad anunciada en su pronóstico neoyorquino cuando se encontró con la muerte: “Nadie podrá tener más de 30 años”.
ACERCA DEL AUTOR :
Jorge Nájar, Pucallpa, Perú, 1946. Ha estudiado literatura en la Universidad Federico Villarreal de Lima y en el Instituto de Altos Estudios de América Latina de París. Desde 1972, ha publicado seis poemarios en Lima y en Madrid. En 1984, recibió el 1er premio de la 2da Bienal de Poesía Peruana, Premio Copé, de Lima y, en 2001, el Premio Juan Rulfo de poesía, apadrinada por Radio France International, con su poemario “Canto Ciego”. En 2001, la Editorial de la Unesco ha publicado su antología “Poesía contemporánea de expresión francesa”. Vive en París desde los años setenta, donde ejerce la enseñanza y traduce poesía.
FUENTE: http://www.resonancias.org/content/503/carlos-oquendo-de-amat-sinfonia-cinematografica-por-jorge-najar visitar con el buscador google.
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