La poesía visual y la poesía sonora. Ambas convergen en su impulso experimental, aunque cada una construye su estética desde materiales distintos. Una trabaja con luz, líneas y disposición gráfica; la otra, con respiración y ritmo. Juntas delinean un mapa donde la palabra adquiere nuevas texturas.
Mirar y escuchar: poesía visual y poesía sonora
Por: Abigail Vázquez Rodríguez
ventanasur.com / Villahermosa, Tabasco, México sábado 6 de diciembre 2025

En el panorama contemporáneo de la literatura, la poesía se despliega más allá de la página tradicional y se expande hacia territorios que combinan percepción, cuerpo y tecnología. Entre esas rutas destacan dos expresiones que transforman la sensibilidad del lector-espectador: la poesía visual y la poesía sonora. Ambas convergen en su impulso experimental, aunque cada una construye su estética desde materiales distintos. Una trabaja con luz, líneas y disposición gráfica; la otra, con respiración y ritmo. Juntas delinean un mapa donde la palabra adquiere nuevas texturas.
LA POESÍA VISUAL : EL OJO COMO INSTRUMENTO DE LECTURA
Desde las vanguardias europeas, la poesía visual emerge como un laboratorio donde la palabra se transforma en imagen. 𝘜𝘯 𝘤𝘰𝘶𝘱 𝘥𝘦 𝘥é𝘴 𝘫𝘢𝘮𝘢𝘪𝘴 𝘯’𝘢𝘣𝘰𝘭𝘪𝘳𝘢 𝘭𝘦 𝘩𝘢𝘴𝘢𝘳𝘥 (1897), de Stéphane Mallarmé, inaugura esta sensibilidad al distribuir los versos como constelaciones que guían la mirada. La frase “Toda alma es un nudo cifrado” parece anticipar la esencia de su propuesta: un poema que respira desde su diseño tanto como desde su contenido.
Posteriormente, el futurismo de Filippo Tommaso Marinetti impulsa una estética del movimiento. En 𝘡𝘢𝘯𝘨 𝘛𝘶𝘮𝘣 𝘛𝘶𝘮𝘣 (1914), las variaciones tipográficas y el estallido gráfico construyen un paisaje donde las palabras vibran como motores de la modernidad. A esta línea se suma Guillaume Apollinaire con 𝘊𝘢𝘭𝘭𝘪𝘨𝘳𝘢𝘮𝘮𝘦𝘴 (1918), obra que convierte el poema en dibujo y ofrece al lector una experiencia perceptiva múltiple.
Ya en América Latina, la tradición concreta —representada por Eugen Gomringer y el grupo Noigandres— profundiza en la idea del poema como objeto autónomo. En 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘵𝘦𝘭𝘭𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯 (1953), Gomringer crea una síntesis geométrica donde el vacío se convierte en fuerza expresiva. Las propuestas de Haroldo y Augusto de Campos refuerzan esta visión con poemas que exploran el color, la forma y la tensión visual. Paralelamente, Cecilia Vicuña aporta una dimensión política: en 𝘗𝘢𝘭𝘢𝘣𝘳𝘢𝘳𝘮𝘢𝘴 (1974), el poema adquiere carácter crítico, se vuelve tejido, memoria y gesto de resistencia.
Con estas rutas, la poesía visual transforma la página en escenario. La mirada se eleva como instrumento de lectura y el poema adquiere densidad estética mediante su arquitectura gráfica.
LA POESÍA SONORA: LA VOZ EN ESTADO DE CREACIÓN
Mientras la poesía visual ocupa el espacio, la poesía sonora domina el tiempo. Sus raíces se remontan al dadaísmo, especialmente al trabajo de Hugo Ball. En 𝘒𝘢𝘳𝘢𝘸𝘢𝘯𝘦 (1916), el poeta compone secuencias fonéticas que vibran como melodía primitiva. “Jolifanto bambla o falli bambla” surge como ejemplo de una voz que crea significado desde la energía del sonido.
Décadas más tarde, Henri Chopin consolida esta disciplina mediante herramientas tecnológicas. En 𝘗𝘰é𝘴𝘪𝘦 𝘴𝘰𝘯𝘰𝘳𝘦 (1964), experimenta con magnetófonos, respira frente al micrófono, distorsiona fonemas y moldea la voz como materia escultórica. Esta expansión tecnológica convierte el poema en un organismo auditivo donde la escucha importa tanto como la palabra.
En paralelo, John Giorno impulsa una poesía sonora con dimensión política. 𝘉𝘢𝘭𝘭𝘪𝘯𝘨 𝘉𝘶𝘥𝘥𝘩𝘢 (1970) combina repetición, intervención vocal y cadencias meditativas que transforman la escucha en experiencia emocional. A partir de estas exploraciones, la poesía sonora encuentra un lugar propio en el arte contemporáneo, enlazada con el performance, la experimentación musical y la tecnología digital.
TERRITORIOS QUE SE CRUZAN
La poesía visual y la poesía sonora avanzan hacia direcciones distintas, aunque ambas comparten una misma vocación: expandir el lenguaje. La primera convierte la letra en forma luminosa; la segunda transforma la voz en energía, vibración y presencia corporal. Una fija el poema en el espacio; la otra lo despliega en el tiempo. Ambas, sin embargo, buscan un efecto similar: conmover la sensibilidad del receptor y ofrecer nuevas rutas para acercarse al lenguaje poético.
Sus diferencias generan un diálogo fértil. El poema visual convoca la contemplación y construye una arquitectura silenciosa de signos. El poema sonoro, por su parte, invita a un trance rítmico que envuelve al oyente en capas de intensidad vocal. Juntas enriquecen el paisaje literario y revelan que la poesía funciona como un arte capaz de migrar hacia distintos soportes sin perder fuerza expresiva.
POESÍA EXPANDIDA PARA UN SIGLO MULTIPLE
Las herramientas digitales impulsan un horizonte donde ambos caminos se encuentran. Artistas como Ana María Uribe, con 𝘈𝘯𝘪𝘱𝘰𝘦𝘮𝘢𝘴 (1997), animan letras que se mueven con cadencia visual, mientras que creadores sonoros como Jaap Blonk reinterpretan piezas como 𝘜𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘵𝘦 (2005) para multiplicar la voz mediante técnicas contemporáneas. Esta convergencia demuestra que el poema respira con nuevos órganos y se adapta a lenguajes híbridos.
De esta manera, la poesía expandida configura un territorio donde la palabra se vuelve luz, ritmo y gesto. Las propuestas visuales y sonoras permiten que el poema dialogue con disciplinas diversas y que el lector-espectador experimente un acercamiento distinto al lenguaje.
La poesía visual ilumina la página; la poesía sonora enciende el aire. Ambas consolidan un panorama literario donde el poema abraza su multiplicidad y revela que el lenguaje continúa en metamorfosis permanente.
FUENTE https://www.facebook.com/photo/?fbid=33019622914349816&set=g.26254727016
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