Era ya pleno diciembre cuando el poeta desembarcó en puerto francés, según mayoría de sus contemporáneos, en La Rochelle. Su estancia en ese lugar debió haber sido de escasas horas, posiblemente el tiempo que tardó en averiguar de dónde salía el tren para París.
El cansancio que se le acentuaba más y más, que lo doblegaba totalmente, no estaba motivado solamente por la larga y difícil travesía, por la emoción de ver París, por los ayunos a que continuaba sometido, sino que eran otras, muy duras y poderosas, las razones. El ministro del Perú en Francia, Francisco García Calderón, descubrió fácilmente la gravedad del mal y vio la imposibilidad de poder hacer algo por ese extraño visitante, y a lo único que atinó fue a aconsejarle que marchara a España, para lo cual se dice que le proporcionó el dinero suficiente".
Oquendo de Amat, del sueño a la realidad.
Por Carlos Meneses
Libre - Revista crítica trimestral del mundo de habla española Número 4 -1972 - pp. 127-133
El poeta peruano Carlos Oquendo de Amat, nacido en Puno en 1904, alcanzó a escribir en sus treinta y dos años de vida, escasamente, veintiún poemas, de los cuales dieciocho aparecieron en un libro publicado en 1927, bajo el título de Cinco metros de poemas. Cuatro de dichos poemas habían sido escritos en 1923, y los catorce restantes estaban fechados en 1925. De los poemas de este segundo período de inspiración, media docena están dedicados a expresar su amor, el amor que produce en él (a la sazón un joven de veintiún años) una mujer a la que denomina, simplemente, «bella» o «compañera», así como la gran ternura que despierta el recuerdo de su madre, hermosa mujer limeña con la cual el poeta compartió, durante su adolescencia, una mísera y triste vida. Los otros poemas que no aparecen en el libro, son tres y fueron escritos después de 1927, publicándose en la revista Amanta en 19291. Su corta producción se completa con unos brevísimos versos que deben pertenecer a su primera época de poeta y que nunca fueron publicados, pero que supo conservar su buen amigo y también poeta, Enrique Peña Barrenechea. A partir de 1929 el poeta cede la iniciativa al político y nada escrito por él se ha podido encontrar, afirmándose por tanto que Oquendo finaliza su trayectoria poética en ese 1929.
A la muerte de su madre, en 1922, Carlos Oquendo de Amat, empieza a deambular por las calles de Lima, como buscando quien interprete la dimensión de su dolor y es, justamente a partir de 1923, cuando se le sabe incluido dentro de la generación de poetas jóvenes que lo cobijan espiritualmente, que lo alientan, y lo ayudan en sus primeros pasos de poeta.
Oquendo de Amat, desde el fallecimiento de su madre, hasta 1936, año en que muere él, divide su vida en dos partes perfectamente diferenciadas. De 1923 —año en que es acogido por el grupo de poetas jóvenes de entonces— a 1929, año en que muere el célebre pensador peruano José Carlos Mariátegui. Más allá de 1929, hasta marzo de 1936, el poeta prácticamente ha desaparecido y quien vive, o más preciso es decir, quien aceleradamente se acerca a la muerte, es el político, el irreductible luchador que solamente cede ante la asfixia producida por la tuberculosis.
Hablar de un poeta-político, o de un político-poeta, no es lo propio en este caso. Al menos, hasta la fecha ha sido imposible encontrar nada escrito por Oquendo fechado en los años treinta. Eso permite considerar con gran claridad la vida del poeta ente los diecinueve y los treinta y dos años, que era la edad que tenía cuando falleció en un sanatorio de las sierras de Guadarrama.
OQUENDO Y SU GENERACION
El autor de «cinco metros de poemas», debió haber marchado a su tierra natal, Puno, a la muerte de su madre, y ya en pleno 1923 reaparece en Lima. Solo, medroso, distante de la poca familia que le queda, sin recursos económicos, sin haber concluido sus estudios secundarios que seguía en el colegio Nuestra Señora de Guadalupe, recorre las calles de la capital peruana y es Xavier Abril el primero en entablar amistad con él. Enrique Peña Barrenechea recordando esos años escribió: «Se inició nuestra amistad en 1924. Fue Xavier Abril quien nos presentó.» Y párrafos más adelante: «Durante años nos encontrábamos todas las noches en la Biblioteca de San Marcos. El leía a los surrealistas, especialmente a Bretón y Aragón. Así mismo a Paul Eluard y a Apollinaire»2.
El núcleo de poetas de esos años, llegó a ser amplio. A los ya mencionados se sumaban, Rafael Méndez Dorich, Adalberto Varallanos, Jorge Basadre, Manuel Beingolea, que aunque de generación anterior participaba en estas reuniones, Emilio Armaza, Guillermo Mercado, Francisco Xandoval, Ernesto More, Alberto Hidalgo, muchos poetas provincianos que pasaban algunos días en Lima, cuando no visitantes de más lejanas tierras, como el patriarcal Barba Jacob y el exiliado valenciano Pérez Doménech.
Es a través de Xavier Abril que Oquendo de Amat conoce a José Carlos Mariátegui, que aunque no muy mayor que los componentes de esa generación, se ha erigido en su maestro. Es como consecuencia de estas reuniones, que son finalmente las que más huella dejan en él, por la admiración que llega a sentir hacia Mariátegui, que aumenta su preocupación por conocer a los poetas franceses; que lee con voracidad a los ultraístas; y, principalmente, que empieza a sentirse atraído por la doctrina marxista. Aun cuando, esto último, solamente prosperaría o se haría realidad mucho tiempo después. A lo largo de esos seis años, Oquendo, tímido y hambriento, enhebra picaras anécdotas con momentos de blanca ingenuidad. De esa corta etapa de su vida, emergen los mitos que, con el correr del tiempo, lo convierten en una figura de leyenda. Porque muchos años más tarde y, refiriéndose a 1923-29, se habló del fantasioso Oquendo; del ingenuo Oquendo; como del exquisito, el dandy-pobre, y del aristócrata en decadencia, posiblemente, considerando que sus abuelos habían alcanzado la opulencia económica, que el padre y los tíos del poeta dejaron en París, durante una larga permanencia de casi veinte años.
Aparte de las influencias de sus maestros, Mariátegui o Barba-Jacob; de sus amigos Beingolea —que escribió un cuento utilizando la figura de Oquendo como personaje central—, Xavier Abril, Rafael Méndez Do- rich; Enrique Peña Barrenechea; Adalberto Varallanos —con quien fundó la revista cinematográfica Celuloide—; por sobre sus lecturas, sus discusiones y la ideología hacia la que se encaminaba, se sitúan aquellos funestos días —los más de su vida— en que la imperiosa necesidad de alimentarse, buscar techo, tener con que cubrirse, lo obligaron a las más difíciles maniobras dignas de ser incluidas en la mejor antología picaresca.
Qué entremezclarse extraño y múltiple de elementos, en la personalidad del poeta. Hablador, para unos; cauto, para otros. Atormentado y, a la vez, sutil cautivador de acreedores. El joven soñador, el iluso, el indudablemente, tímido, durmiendo una noche en la cómoda cama del Nuncio Apostólico; comiendo, como único alimento, una ración de pepinos, que le regaLaba Beingolea; huyendo cinematográficamente de la pensión a la que adeudaba varias semanas de alojamiento.
Como Valle-Inclán, Oquendo de Amat construía, obligado por la vida, un delicioso anec- dotario, que con los años ayudaría a situarlo dentro de los caracteres del mito.
CAMBIO RADICAL
Se ha dicho que fue la muerte de José Carlos Mariátegui, la que determinó o precipitó la decisión de Oquendo de tomar militancia política y actuar muy vivazmente en pro de su partido. Coinciden las fechas, el pensador y político, autor de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, muere en 1929, y es dentro de ese año cuando Oquendo deja de frecuentar las tertulias, de recorrer las calles limeñas e inicia otras actividades.
De los seis años que también dura su etapa de político, se conoce aún mucho menos que de su hexágono poético. Apenas si se dice que en 1931 el poeta se aleja de Lima y se dirige al sur del Perú, para cumplir misiones encomendadas por el partido comunista. Se sabe, también, que llega a Bolivia, interviniendo en mítines y reuniones políticás. Una verdadera nebulosa recubre todos estos hechos que, solamente alcanzan claridad en 1935, cuando bajo la dictadura del Mariscal Benavides, y durante un enfrentamiento de dos partidos políticos peruanos es apresado, sometido a tortura y, finalmente, deportado del país.
Lo más difundido con respecto a su salida ded Perú, es que Oquendo solicitó el viaje como única forma de conseguir su libertad, aunque en muchas ocasiones insinuara que amigos suyos lo habían traicionado y habían influido para que él saliera de su país. No obstante, a juzgar por las opiniones de sus amigos más cercanos, la versión que tiene mayor fuerza es la primera, la de su solicitud de exilio, como mal menor, a pesar de hallarse en tan mal estado de salud.
VIAJE HACIA LA MUERTE
Fue en septiembre de 1935, cuando el melancólico poeta que había escrito "se prohíbe estar triste", abandonó su patria e inició su vía crucis internacional. Para muchos este viaje es inexplicable, dada su precaria salud. Sin embargo se comprende perfectamente que el joven puneño haya preferido el exilio, una riesgosa aventura —trágica, como en realidad resultó— a la cárcel.
Se ignora con qué dinero compró el billete de barco, puesto que el gobierno peruano no estaba dispuesto a efectuar ningún desembolso. Solamente se sabe que cuando fue a despedirse de su primo el Dr. Emilio Romero, éste le preguntó si llevaba abrigo y la respuesta de Oquendo fue: «Salgo con lo que llevo puesto», por lo que Romero le obsequió el suyo.
El primer tramo del viaje de Oquendo, debió transcurrir sin novedad, ignorando este pasajero sui generis la tétrica cita hacia la cual se disponía a concurrir. Quién sabe si al partir del Callao, y asomado a la barandilla del barco, recordó sus propios versos: «En el muelle / de todos los pañuelos se hizo una flor.»
Solamente al llegar a Balboa, puerto de ingreso al canal de Panamá, se quiebra la placidez de la travesía. Oquendo es obligado por las autoridades de la zona del canal a abandonar la nave. Se ha descubierto, al revisar su pasaporte y, posiblemente, confrontarlo con las listas secretas, que se trata de un comunista. Ignoran que el Gobierno peruano lo ha dejado salir y lo creen evadido, por lo que consideran oportuno devolverlo al Perú. Y mientras se aclara su situación, es encerrado en una mazmorra.
El poeta ha perdido nuevamente la libertad, esta vez en un país extraño, está solo y enfermo, tal vez mucho más enfermo que solo, porque al salir de Lima, sus amigos le han dado cartas de recomendación para escritores y políticos que residen a lo largo de la ruta. Entre sus apuntes halla un nombre que será la clave de su dramática estancia en ese país, es Diógenes de la Rosa, a quien hace avisar la situación en que se encuentra.
«AI recibir el mensaje, comisioné al mismo obrero (el que había servido de contacto) para que comunicara a Oquendo que haríamos un esfuerzo por sacarlo de allí», cuenta De la Rosa. «Convenida la hora, pasadas las nueve de la noche, tras el toque de queda en la cuarentena, logramos que el mismo intermediario le hiciera a Oquendo un croquis, para que supiera el lugar donde lo esperábamos, fuera del alambrado que rodeaba el establecimiento.»
El poeta fue arrancado del cautiverio gracias a los esfuerzos y la decisión de su amigo, que no solamente lo sacó de ese campo de concentración, sino que, de inmediato, en el automóvil del Ayuntamiento de la ciudad de Panamá, lo trasladó a la ciudad de David, al norte de Panamá, desde donde Juan B. Soto y Julio E. Rivera, a quienes fue recomendado por De la Rosa, lo ayudaron a cruzar la frontera y llegar hasta San José de Costa Rica.
Diógenes de la Rosa explica algunos detalles más con respecto a la evasión de Oquendo del campo de concentración: «Como el automóvil portaba placas oficiales de la República del Panamá podía circular por la zona del canal en horas de la noche sin despertar sospechas. Todo se realizó con exactitud y puntualidad.» Y en otro párrafo. «En fin, sacamos a Oquendo y muy de madrugada lo embarcamos en un vehículo de transporte colectivo que lo llevó a la ciudad de David, en noroeste de la República, cerca de la frontera con Costa Rica. Me parece que allá se encargaron de hacerlo seguir hasta San José los compañeros Juan B. Soto y Julio E. Rivera, ambos fallecidos ya»
Tras una corta estancia en San José de Costa Rica, se dirigió por vía terrestre, a través del istmo, hasta México, en donde, una vez más, sus relaciones políticas y culturales, lo ayudaron a subsistir y le permitieron continuar su interrumpido viaje a Europa.
EN EUROPA
Era ya pleno diciembre cuando el poeta desembarcó en puerto francés, según mayoría de sus contemporáneos, en La Rochelle. Su estancia en ese lugar debió haber sido de escasas horas, posiblemente el tiempo que tardó en averiguar de dónde salía el tren para París.
El cansancio que se le acentuaba más y más, que lo doblegaba totalmente, no estaba motivado solamente por la larga y difícil travesía, por la emoción de ver París, por los ayunos a que continuaba sometido, sino que eran otras, muy duras y poderosas, las razones. El ministro del Perú en Francia, Francisco García Calderón, descubrió fácilmente la gravedad del mal y vio la imposibilidad de poder hacer algo por ese extraño visitante, y a lo único que atinó fue a aconsejarle que marchara a España, para lo cual se dice que le proporcionó el dinero suficiente.
Al llegar a Madrid, en los primeros días de 1936, Oquendo orienta sus dificultosos pasos hacia la embajada peruana, en busca de apoyo, deseoso de recuperar la salud, con esa ingenua esperanza de que hablan todos los que lo conocieron. Se le consiguió una cama en el hospital San Carlos, situado entonces junto a la Facultad de Medicina de Madrid.
Hasta allí llegan algunos amigos del poeta. Hasta el pabellón en que se halla internado va Xavier Abril, quien más tarde contará: «Yo me enteré de su llegada a la capital de España por un recado que me hizo llegar Armando Bazán, por intermedio del escritor puertorriqueño Emilio Delgado»4. En una de las oportunidades que Abril fue a visitarlo, el médico que lo atendió se acercó a él al abandonar el pabellón para confiarle que Oquendo ya no se recuperaría más. En una patética carta escrita por el historiador y diplomático peruano Raúl Porras Barrenechea, y dirigida al poeta Enrique Peña, le cuenta que Oquendo: «Estaba extenuado y roído por la tuberculosis. Sus amigos y camaradas lo habían abandonado por completo. Me llamó o me hizo llamar desde el hospital en que había sido recluido. Fui a verlo inmediatamente y lo encontré en una sala general de aspecto pavoroso. Estaba echado vestido sobre un lecho inmundo y se asfixiaba por la destrucción de sus pulmones.»
No obstante su estado, Oquendo repetía sin cesar que cuando cambiara de clínica mejoraría. El mismo Porras Barrenechea explica: «Conseguí el apoyo de una mujer bonísima —la marquesa de la Conquista— y con su ayuda, la de la Legación y algunos amigos, pude satisfacer el deseo del enfermo.» Continúa la carta contando cómo fue el viaje, el triste viaje hacia Guadarrama, en donde quedó instalado en uno de los, para entonces, más modernos y cómodos sanatorios para enfermos del pulmón.
En este lugar permaneció alrededor de cuatro semanas, las últimas de su vida. Se sabe que en los primeros días se sintió muy recuperado y él se creyó ya salvado, pero .pasado el efecto psicológico, finalizado el pequeño ciclo en que el espíritu indesmaya- ble pudo más que la carcomida materia, todo volvió al cauce anterior. Se cuenta que el poeta imprecaba contra la fatalidad de su destino. Que trataba de autoanimarse, de reconquistar las esperanzas que ya se marchitaban. Insistemente solía llamar a Porras, para que le procurase un nuevo sanatorio, seguro de que un nuevo cambio sería decisivo en su curación.
Precisamente el día que se había decidido realizar un nuevo cambio, dentro de la misma zona de Guadarrama, y para lo cual el consulado había enviado al estudiante de medicina, también peruano, Enrique Chanyek, el poeta dejó de existir. «La mañana en que fueron por él, el 6 de marzo, murió, siempre rebelándose contra su suerte», añade Porras 5.
Después de su muerte, cuatro meses más tarde, se inició la guerra civil española y, desde entonces, se aseguró que la tumba de Oquendo. que se hallaba en el cementerio del pueblo de Navacerrada, había desaparecido como consecuencia de los bombardeos. Roca Arciniega, que se hallaba por esos años en España, escribió en 1937, en La Prensa de Lima: «En vez de unas florecidas silvestres depositadas sobre su tumba en la montaña —sobre aquella montaña y sobre aquella tumba donde quedó sepultado el poeta peruano Oquendo de Amat—, llueve, hoy, compacta, la metralla que siega vidas; y llueve, además, una lluvia pertinaz, hecha con rojas gotas de sangre que nacieron hermanadas»6.
Xavier Abril, escribió: «La metralla franquista destruyó el cementerio donde Oquendo había sido enterrado»7. Y Porras Barrenechea en aquella documentada y triste carta: «Meses después tronaba sobre su tumba el cañón de la lucha de clases.»
En el Ayuntamiento de Navacerrada, se inscribió su defunción: «D. Carlos Oquendo de Amat, de veintisete años (edad equivocada), natural de Lima, provincia del Perú, hijo de D. Carlos Oquendo y de doña Aída Amat, domiciliado (está en blanco), de profesión estudiante y de estado soltero. Falleció en el Sanatorio del Guadarrama, el día seis de marzo a las diez, a consecuencia de “Parálisis bronquial" —tuberculosis pulmonar— según resulta de certificación facultativa y reconocimiento practicado, y su cadáver habrá de recibir sepultura en el Cementerio Municipal de esta Villa.»
LA TUMBA RECONQUISTADA
Tanto el libro Cinco metros de poemas como su autor estaban recubiertos por una espesa capa de olvido. El libro era prácticamente inhallable en el Perú; en cuanto al recuerdo del poeta muerto y enterrado en Navacerrada, se perdía en la distancia de los años. El discurso de Mario Vargas Llosa, durante la ceremonia de entrega del premio «Rómulo Gallegos», en 1967, fue el tábano que hizo despertar a todos los que algo tenían que decir sobre Oquendo. A partir de entonces surgen los investigadores, los críticos, los cronistas, pero si se reedita la obra, si se hace justicia al genio poético de Oquendo, y se conoce mucho de lo que hizo en vida, en cambio, se sigue creyendo que sus restos han desaparecido, que su tumba ha volado bajo el cruel imperio de una granada.
Pero la tumba de Oquendo de Amat existe. Sobre el pueblo de Navacerrada no cayeron ráfagas de metralla ni estallaron sonoras granadas. En el diminuto cementerio pudimos encontrar —Antonio Cillóniz y José A. Bravo, acompañaban al autor de esta nota— el breve túmulo, desprovisto de lápida, de recuerdos materializados en flores, un túmulo más, entre los muchos que se hallaban en ese estado.
La comprobación fue larga, lenta, pero precisa. Con la ayuda de Hermenegildo Verde- soto, más conocido en el pueblo por «Vedrines», famoso aviador de los años veinte, sepulturero del lugar entre los años 1923 y 1960, y la colaboración del señor José Navarro, del Ayuntamiento de Navacerrada, que consultó las listas de defunciones de aquel año, se pudo señalar ál fin la tumba del poeta y ayudar a que todas las demás tumbas pertenecientes a ese año, y carentes de lápida, pudieran ser reconocidas.
Las señas del lugar donde se halla la tumba de Carlos Oquendo de Amat, son: «Cuartel 2; fila 7; sepultura 11». Sobre este sencillo y breve túmulo de tierra habrá que colocar la lápida en piedra viva que lo recuerde para siempre, y en la que se podría grabar la siguiente inscripción: «Oquendo, Oquendo / tan frágil que el olor / de una flor te desvanecía», versos que escribiera un contemporáneo suyo ya hace muchos años.
INTERPRETACION DE OQUENDO A TRAVES DE SU POESIA
Convertido en un legendario personaje que un día apareció en Lima, escribió un extraño libro y, así como apareció, desapareció, para no volver más al Perú; situado en el más enrevesado entrecruzarse de versiones, acerca de su estancia en Europa. Para unos, hábil vividor refugiado en una buhardilla del barrio latino de París; para otros, contundente conferenciante político, durante la República española. Oquendo de Amat empezaba a ser considerado como un personaje de novela, y, de no haber mediado la presencia de muchos contemporáneos suyos, hubiese terminado por ingresar de lleno en el mundo de la fábula y por llegarse a dudar de si alguna vez existió.
De lo que jamás se pudo dudar, fue de la calidad de su diminuta obra. A casi cincuenta años de escrita sigue teniendo vigencia y siendo pieza medular en la literatura peruana. Sus poemas de amor son, posiblemente, los que. más se recuerdan y, también, a través de los cuales mejor se puede interpretar a su autor.
En «Compañera», se refiere a una mujer, a una amiga, quién sabe si de la adolescencia, tal vez si solamente soñada, a la que evoca sin la acritud que podrían diotarle sus continuos ayunos y le dice, con afecto, verdaderamente emocionado, «ah, y tus sonrisas maravillosas sombrillas para el calor / tú que llevas prendido un cine en la mejilla.» Nada de su tétrico transcurrir por el mundo llega hasta esta expresión enamorada. El verso permanece limpio, impoluto, sin que sus calamidades terrenas alcancen a empañarlo. Incluso, su serenidad es conmovedora, hasta resulta ilógica. «Tus dedos sí que saben peinarse como nadie lo hizo / mejor que los peluqueros expertos de los transatlánticos». En el poema «Campo», el poeta sitúa a su amada en un maravilloso escenario que facilita el rito de su adoración. La ceremonia consiste en fundir la realidad de la belleza femenina con esa otra majestuosa hermosura que es la naturaleza. «El paisaje salía de tu voz / y las nubes dormían en la yema de tus dedos». Ella está por encima de todo. «De tus ojos cintas de alegría colgará / la mañana». Pero de pronto esa deliciosa serenidad del poeta se trunca, un ramalazo erótico altera bruscamente la cadencia de los versos: «Tus vestidos / encendieron las hojas de los árboles». Para más adelante ceder paso a la pesadumbre, aceptar que en la vida impera la fatalidad «En el tren lejano iba sentada / la nostalgia.»
«Poema del mar y de ella» es la denuncia de su ilimitado cariño hacia esa mujer real o de ensueño, ¿amante, amiga, pariente, compañera? es impenetrable su confesión. Simplemente es una mujer que de pronto lo emociona por su pureza: «Tu bondad pintó el canto de los pájaros», y prácticamente en forma simultánea le arranca notas ígneas su belleza, «eres una sorpresa perenne. / DENTRO DE LA ROSA DEL DIA». Y el mar, ante esa mujer, es un sumiso elemento: «y el mar venía lleno de tus palabras».
En «Poema», el júbilo del poeta es total, se libera completamente del acento de tristeza que suele aparecer muy brevemente en otros poemas. Esa compañera, esa mujer, ya no despierta en él razonamientos, no reflexiona acerca de su belleza o bondad, sino que le arranca jirones de emoción dentro de un canto de pautas elegantes, con diluidas notas modernistas, donde flotan las palabras «japón», «fruta», «mapa», «río», «fiesta». El poeta se inclina fervoroso, contrito y en el instante mismo de la venia, exclama: «Para ti / tengo impresa una sonrisa en papel japón». Por momentos parece imposible que aquella a quien le pide: «déjame que bese tu voz», sea solamente un sueño, una ilusión. Se hace necesario situarla en la realidad, buscarla en la vida diaria. Pero Oquendo parece hacerla transitar de un ámbito a otro. Llevarla a través de su imaginación: «En tu ventana / cuelgan enredaderas de los volantes de los automóviles / y los expendedores disminuyen el precio de sus mercancías.»
La necesidad de ternura, el continuo precisar de calor y paz, aparecen una vez más, «ríos bondadosos» dice en el poema «Obsequio». No solamente la belleza de los ríos discurriendo alegremente, sino arrastrando bondad en sus aguas. Pero también quiere romper un mito. Colocar a nivel más humano algo que está muy distante. Se niega a aceptar la promesa y a conformarse con aguardar a que se haga realidad la hora de disfrutar del cielo, cuando dice: «ríos bondadosos y cielos palpables». A la alegría, al lujo, prefiere la sencilla hermosura de la naturaleza: «Cambiaría un tapiz antiguo / que trae / una cesta de sonrisas / con rosas despreocupadas». Todos esos trueques fabulosos, no determinan sino la superación, la búsqueda de lo mejor para entregárselo a ella, «de tus cabellos saldrá agua dulce», e inmediatamente pronostica una de las más hermosas fantasías: «y habrá voces de color en la luna».
Pero es el poema «Madre» el manojo de versos más conmovedores. Es de tan alto grado su amor, su ternura, que opaca esas formidables sinfonías de colores vertidas por aquella que llama su compañera. «Tu nombre viene lento como las músicas humildes / y de tus manos vuelan palomas blancas». En la madre se reunen la ternura, la humildad, la divina paz simbolizada por las palomas, ella lo es todo, justamente todo lo que, en el momento en que escribe, le falta, «Mi recuerdo te viste siempre de blanco / como un recreo de niños que los hombres miran desde aquí • distante». Tenía veintiún años cuando escribió este poema, que denota cuánto entrañaba la ternura maternal, «A tu lado el cariño se abre como una flor cuando pienso», no el cariño suyo, solamente, sino es el concepto cariño el que «se abre como una flor». Sin embargo el poeta sabe que la palabra no basta para alcanzar la dicha, «Entre ti y el horizonte / mi palabra está primitiva como la lluvia o como los himnos». A un lado está la madre, al otro, el límite, el horizonte, y en medio, sin fuerza, su palabra, como cayendo impotente, incapaz. Y finaliza manifestando la magnitud del amor en ese ser inefable, y proyectando su ternura, hasta el infinito, «Porque ante ti callan las rosas y la canción».
Carlos Meneses
Palma de Mallorca
NOTAS
1 «El ángel y la rosa»; «Poema surrealista del elefante y del canto»: «Poema de la niña y de la flor», revista AMAUTA, núms. 20 y 21, Lim, 1929.
2, 3, 4, 7. Correspondencia
5. Carta de Raúl Porras Barrenechea a Enrique Peña Barrenechea, fechada en París el 8 de octubre de 1938, y cuyo original se halla en los archivos del Instituto Porras Barrenechea.
6. Rosa Arciniega: «Llanto de quenas sobre la sierra castellana», «La prensa», Lima, 1937.
FUENTE :
1. https://americalee2.cedinci.org/wp-content/uploads/2021/09/LIBRE_n4.pdf
2. chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://americalee2.cedinci.org/wp-content/uploads/2021/09/LIBRE_n4.pdf
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